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Basque stories and legends / Histoires et légendes / Contas y leyendas

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The Devil Wanted to Learn Basque (http://www.francemonthly.com/n/0205/index.php#article7) No Basque had ever been sent to Hell, and the Devil wanted to make up for this terrible oversight. The only way he could accomplish this was to corrupt an inhabitant, and therefore he needed to speak Basque in order to communicate. He promised a poor peasant a treasure in exchange for some basic knowledge of this mysterious language. The man was oblivious to his interlocutor's sinister demeanor and accepted his offer, to improve his own miserable existence. Weeks, months, and years went by without the Devil making any progress towards his goal. No matter how hard he tried, he simply could not remember the vocabulary, didn't understand the grammar, and couldn't master the pronunciation which he found much too difficult. Finally one day, after many sleepless nights and fits of stubbornness and rage, he was able to compose an impressive speech. He set out, his parchment under one arm, determined to find a victim. He quickly settled on the daughter of a wealthy farmer whom he considered to be too pious. On this December 24th, as the little girl was hurrying to meet her parents at church, the Devil made himself invisible so that he could follow her. As he was lurking behind an oak tree near the church, he became furious when he realized that his parchment had become invisible as well. He tried to remember his speech... he couldn't believe he might have worked so long in vain. By the time he was able to make the document reappear and was prepared to speak the fateful incantation, the child was dipping her little hand in the font, and fervently crossing herself. At that very moment, there was a terrifying thunder clap as a lightening bolt split the oak tree wide open and the Devil was never to be seen in the region again.
Este es un relato clásico de Euskal Herria , tiene distintas versiones, publico una entre tantas, se llama Mateo Txistu, espero que la disfruten: En la zona de Tolosa, aunque otros cuentan que sucedió en Ataun y otros en Oiartzun, vivía hace ya mucho tiempo un cura que tenía a cargo una pequeña parroquia. Sus ocupaciones no eran muchas, aparte de las normales de su cargo —misas, bautismos y funerales—, por lo que tenía bastante tiempo libre para dedicarse a su afición favorita: la caza. Sus vecinos y parroquianos le apodaban “Mateo Txistu”, ya que eran de sobra conocidos los silbidos con los que llamaba a sus perros cuando se preparaba a salir en busca de alguna presa, y todos comentaban jocosamente la afición del cura, al que, por otra parte, no se le conocían otros vicios. Pasaban los días y las estaciones sin que nada turbase la paz del lugar y la de sus habitantes. Pero un día, el diablo, que siempre andaba buscando la debilidad en las almas humanas, se presentó ante Mateo Txistu bajo la apariencia de un caballero distinguido. Mateo, que no era tonto, enseguida se dio cuenta de quién era en realidad el elegante señor. —¿Qué quieres, malvado? —le preguntó de sopetón. —¿Yo? ¡Nada! —respondió el diablo, confundido —Entonces..., ¿por qué estás aquí? Y riéndose, Mateo Txistu silbó a sus perros, cogió la escopeta y desapareció de la vista del diablo internándose en un bosque cercano. El diablo se quedó rabiando por haber hecho el ridículo, ya que un cura de pueblo lo había reconocido. Un diablo avergonzado es muy peligroso, porque su reacción puede ser terrible. Pasó varios días pensando en la forma de vengarse de la burla y, finalmente, dio con la fórmula. Un domingo, en medio de la misa, una hermosa liebre blanca asomó su hocico por la puerta de la sacristía donde los perros del cura esperaban a su dueño. En cuanto vieron a la liebre, los perros levantaron las orejas y comenzaron a ladrar furiosamente. Mateo interrumpió un momento la misa y echó una ojeada hacia la sacristía para conocer el motivo de tanto alboroto. Cuál no sería su sorpresa al ver a la liebre plantada en la puerta, invitándole a salir en su busca. No lo pensó dos veces: dejó la misa, abandonó a los asombrados feligreses, cogió la escopeta y salió con los perros en pos de la liebre que había escapado campo a través. Nunca más se supo de él. No regresó. Sin embargo, desde entonces, muchos son los que le han oído silbar a sus perros, otros han oído los tristes ladridos y, alguna que otra noche clara de luna llena, pueden verse con claridad las siluetas del cura, los perros y la liebre en su eterno vagar.
Perdon por la desprolijidad en la tipografía , se ha copiado mal, espero que entendáis lo mismo. Barkatu !!

Wow. Super story. Gracias amigo! Eskerrik asko!
Ni naiz ni- (Relato de Álava) Una vecina del pueblo alavés de Gatzaga (Salinas), después de hacer la colada, colgaba la ropa entre las ramas de los árboles para que se secara, y la dejaba allí durante toda la noche. En una ocasión encargó a su marido que se quedara vigilando la ropa, pues desde hacía algún tiempo notaba que le faltaban prendas, y era necesario pillar al ladrón y darle un buen escarmiento para que nunca más se le ocurriera robarle la colada. El hombre cogió un buen trozo de tocino, una barra de pan y una bota de vino y se dispuso a pasar la noche en vela. Preparó un buen fuego con unas cuantas ramas, atravesó el trozo de tocino con una vara y lo puso a asar. Estaba tranquilamente untando un pedazo de pan con la grasa y pensando cuánto mejor estaría calentito en su cama cuando, sin él enterarse, apareció una bruja. Era un ser horrible. Tenía un solo ojo en medio de la frente y el pelo le cubría todo el cuerpo. Llevaba en la mano una vara en la que estaba atravesado un sapo. Se sentó delante del fuego, al lado del hombre, y puso su sapo a asar. Mientras untaba el pan con su sapo, le dijo al hombre: —Si tú haces past-past, yo hago lo mismo... El hombre se llevó tal susto al ver a la bruja sentada a su lado comiéndose el sapo que cogió su vara y se la metió en el ojo, dejándola ciega. La bruja pegó un grito tan fuerte que se oyó en toda la región, y después, sin dejar de gritar, preguntó: —¿Quién eres? ¿Quién eres? El hombre no sabía qué responder. —¿Quién eres? ¿Quién eres? —insistía la bruja. —¡Yo soy yo! —respondió finalmente el hombre. Y salió corriendo hacia la casa, mientras la bruja seguía gritando y pidiendo ayuda a sus hermanas brujas. Armó tal escándalo que sus compañeras llegaron volando desde todos los lugares de Euskal Herria. —¿Quién te ha hecho eso? —le preguntaron. Y ella contestó: —¡Yo! ¡Yo! ¡Yo soy yo! —Pues si has sido tú, ¿por qué nos molestas? ¡Aguántate! Y las brujas desaparecieron en la noche tal y como habían llegado, dejando a la desgraciada gritando de dolor y sin saber qué hacer. A partir de entonces, la casera de Gatzaga pudo colgar la ropa lavada en las ramas de los árboles, y nadie volvió a robarlas.

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