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Hace mucho, mucho tiempo, todo las personas eran felices.

Hace mucho, mucho tiempo, todo las personas eran felices.
La inocencia de los niños permanecía en el corazón de todos hasta el fin de la vida.
No había propiedad privada, nadie era dueño de nada, todos poseían todo. Las personas sabían compartir.
Los seres humanos poseían la simplicidad de los pájaros y la belleza de las flores y vivían en absoluta armonía con la naturaleza.
La propia conciencia e intuición guiaban todos los actos humanos. Las personas aprendían con los propios errores. Nadie criticaba nadie.
No había preocupación con bienes de consumo o en acumulación de riquezas. La gran riqueza era simplemente vivir.
Se encontraba alimento en las frutas, raíces, en los ríos y en el océano. La madre naturaleza era siempre farta e generosa. Se bebía el agua de las fuentes y de los ríos, donde también nadaban y jugueteaban.
Los más viejos enseñaban, con el ejemplo, el arte de vivir, sin embargo, muy poco necesitaba ser enseñado. No se sabía lo que era bueno o malo.
No había preocupación con día de mañana, con lo que hube acontecido los días anteriores o en cualquier momento del pasado o del futuro.
Se vivía, siempre, con intensidad y el placer del momento presente. Las personas tenían inmenso placer con cosas simples, en observar el nacer o por del Sol, la belleza de una noche llena de estrellas en el y con conciencia que habían recibido el don de la vida.
Se dice que, aún hoy, existen resquicios de aquella época, en la inocencia y pureza de los niños. Y en algunas poquísimas personas adultas que saben mantener la sabiduría intuitiva de los niños.

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    Hace mucho, mucho tiempo, todas las personas eran felices.

    Hace mucho, mucho tiempo, todas las personas eran felices.
    La inocencia de los niños permanecía en el corazón de todos hasta el fin de la vida.
    No había propiedad privada, nadie era dueño de nada, todos poseían todo. Las personas sabían compartir.
    Los seres humanos poseían la simplicidad de los pájaros y la belleza de las flores y vivían en absoluta armonía con la naturaleza.
    La propia conciencia e intuición guiaban todos los actos humanos. Las personas aprendían con los propios errores. Nadie criticaba a nadie.
    No había preocupación con bienes de consumo o en acumulación de riquezas. La gran riqueza era simplemente vivir.
    Se encontraba alimento en las frutas, raíces, en los ríos y en el océano. La madre naturaleza era siempre farta ? rica ? e y generosa. Se bebía el agua de las fuentes y de los ríos, donde también nadaban y jugueteaban.
    Los más viejos enseñaban, con el ejemplo, el arte de vivir, sin embargo, muy poco necesitaba ser enseñado. No se sabía lo que era bueno o malo.
    No había preocupación con el día de mañana, con lo que hube hubiera acontecido los días anteriores o en cualquier momento del pasado o del futuro.
    Se vivía, siempre, con intensidad y el placer del momento presente. Las personas tenían inmenso placer con cosas simples, en observar el nacer o por la salida o puesta del Sol, la belleza de una noche llena de estrellas en el y con la conciencia que habían recibido el don de la vida.
    Se dice que, aún hoy, existen resquicios de aquella época, en la inocencia y pureza de los niños. Y en algunas poquísimas personas adultas que saben mantener la sabiduría intuitiva de los niños.

     

     ¡Perfecto João! Nos hemos apartado demasiado de la naturazela.

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